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EL RETO DE LA INCORPORACIÓN DE LA CIUDADANÍA A LA SOCIEDAD DE
LA INFORMACIÓN Y DEL CONOCIMIENTO
1. Reflexiones previas.
Deseo, en primer lugar, agradecer al Excmo.Sr. Decano del Colegio de Ingenieros de
Telecomunicaciones de Andalucía Occidental y Ceuta, D. Francisco I. Vicente Guillén, su invitación
para pronunciar unas palabras en la sede de este Colegio, justamente en la fecha en que se
conmemora el “Día Mundial de las Telecomunicaciones”.
Esta efeméride, que también se conoce como el “Día de Internet”, como saben Vds. conmemora
aquella jornada histórica, que tuvo lugar en un Paris muy lejano en el tiempo, pero cercano a
nuestra época en cuanto a su preocupación por la investigación científica y la modernidad, el día
17 de Mayo de 1865. Fecha ésta en la que se firmó el primer Convenio Telegráfico Internacional y,
al mismo tiempo, se creaba la Unión Telegráfica Internacional, que tanta importancia iba a tener a
partir de la invención del teléfono en 1876 en la preparación de la legislación internacional que
regularía la expansión del nuevo medio de comunicación.
Han pasado casi 150 años desde la firma del Tratado celebrado en la Ciudad de las Luces y el
ser humano, conforme a su naturaleza, ha continuado investigando, trabajando y luchando para dar
respuesta, siguiendo el lema de Leonardo Da Vinci, con «ostinato rigore» a las preguntas que,
inexorablemente, plantea la aventura de la ciencia.
El acervo científico creado y la traslación experimental de ese conocimiento a través de las
ciencias aplicadas, ha dado lugar a los denominados “avances científicos” de los que, tantos y
tantos ejemplos encontramos en el siglo XX, y lo que nos espera en el nuevo que, hace algo más de
un lustro, ha comenzado.
Estos avances los ha ido asimilando, en mayor o menor intensidad, una sociedad que, en última
instancia, es su destinataria, pues para resolver sus necesidades económicas, sociales, culturales,
sanitarias, etc., han sido creados los diversos inventos en los que los cristaliza el conocimiento
científico.
Pero hoy, como ayer, corresponde a los poderes públicos impulsar que esos avances científicos
se pongan a disposición de una sociedad que debe disponer, en unas condiciones mínimas de igualdad,
del acceso a las ventajas que supone su disfrute y uso adecuado.
En este sentido –y este es el primer mensaje que quiero trasladarles esta tarde, en la sede
de este Colegio profesional, que tanto tiene que decir en el mundo de las nuevas tecnologías- para
la Institución que represento, sin lugar a dudas, uno de los grandes retos que deben afrontar esos
poderes públicos es facilitar a la ciudadanía el acceso y la utilización de las TIC, haciendo
posible su incorporación a la Sociedad de la Información y del Conocimiento.
Basta, como muestra del significado que están alcanzando las nuevas tecnologías en el
panorama social y económico del mundo en que vivimos, citar unos titulares que aparecen en la
propia página web de este Colegio de Ingenieros, que hemos consultado esta misma mañana, dedicados
a “las tendencias en la telecomunicación”. En efecto, podemos leer los siguientes:
- Las aduanas europeas estarán interconectadas en 2008
- Elaborado el primer mapa mundial de Internet
- La banda ancha creció el año pasado un 26% en la OCDE
- Nueva tecnología móvil para evitar catástrofes
universitarias como la de Virginia
- Las TIC generan el 50% del crecimiento económico de la UE
- La mitad de las ciudades más conectadas del mundo son
asiáticas;
Así las cosas, dada la presencia de las nuevas tecnologías en nuestras vidas, no es extraño
que se haya recurrido a la acuñación de nuevos términos para denominar parcelas de nuestra
existencia que han resultado afectadas por esta realidad: así, se habla de cibercultura,
ciberespacio, comercio electrónico, derecho digital, video información, teletrabajo, etc. La idea
misma de sociedad de la información y del conocimiento representa ese nuevo escenario social y
económico creado por estas tecnologías.
Pero también sabemos que el uso de las TIC, por un lado, supone ciertos riesgos en su
aplicación, ya que pueden ser utilizadas al servicio de los más diversos objetivos e intereses y,
por otro, implica no pocos retos pues conocemos que el acceso a estas tecnologías no es universal;
gran parte de la ciudadanía se encuentra ya en una grave situación de desigualdad en el ámbito de
la sociedad de la información, diferencia que se acentúa cuando pensamos en la sociedad del
conocimiento.
Esto es importante, por que no es posible construir una sociedad justa sin garantizar el
acceso a la educación, a la cultura, a los bienes y servicios capaces de asegurar una vida digna, y
conocemos que la incidencia de las TIC es, por su propia naturaleza, transversal, por lo que tienen
la capacidad de intervenir en todos los sectores de la vida social. Por tanto, si no estamos
atentos para fomentar un uso generalizado e inteligente de las nuevas tecnologías, no sólo no
terminaremos con las graves desigualdades sociales existentes, incluso dentro del “primer mundo”,
sino que añadiremos a esta injusticia la presencia permanente, y cada vez más extensa, de la
llamada “brecha digital”.
Y es que, dado su carácter instrumental y su naturaleza transversal, creemos que es preciso
hacer un esfuerzo para garantizar el acceso y el uso de las TIC, pues ello constituye una
oportunidad para la puesta en valor de los derechos constitucionales, aunque tal vez habría que
hablar, si queremos decirlo en unos términos más adecuados para un marco global, de los derechos
humanos.
Esta preocupación motivó que, en nuestras propuestas para la reforma del Estatuto de
Autonomía para Andalucía, la Institución propusiera, como derecho de la ciudadanía que, en el art.
12, se incluyera, como derecho, el siguiente apartado “El acceso de todos los ciudadanos y
ciudadanas a las nuevas tecnologías de la información y comunicación y la igualdad en el
conocimiento y aprovechamiento de las mismas”.
El Estatuto de Autonomía de Andalucía, aprobado por la Ley Orgánica 2/2007, de 19 de Marzo,
reconoce, en el art. 34, dedicado a las Nuevas Tecnologías de la Información, «el derecho a acceder
y usar las nuevas tecnologías y a participar activamente en la sociedad del conocimiento, la
información y la comunicación, mediante los medios y recursos que la ley establezca».
Asimismo, el art. 37 del Estatuto de Autonomía, a propósito de las políticas públicas,
establece una serie de principios rectores destinados a garantizar los derechos reconocidos en el
Estatuto, y entre ellos cita en el núm. 14, de su apartado 1, «El acceso a la sociedad del
conocimiento con el impulso de la formación y el fomento de la utilización de infraestructuras
tecnológicas».
En la actualidad, alcanzar ese objetivo es ya una exigencia para evitar la exclusión social.
No en vano algunas normativas, aunque limitadas a determinados medios que han sido calificados como
“servicio universal”, han configurado el acceso a ellos como un derecho de toda la ciudadanía en sí
mismo y, como tal, constituido por una serie de facultades en cuanto a su ejercicio y de garantías
en lo que concierne a su protección. En España, y por aplicación de la normativa de la Unión
Europea, tal es el caso, como conocen Vds., del derecho de conexión telefónica, por fax y las
conexiones y acceso a datos a través de Internet.
El hecho de que la norma institucional básica de Andalucía haya contemplado tales previsiones
normativas resulta representativo del protagonismo que ocupan en nuestra vida las TIC, pero también
de la necesidad del compromiso público con la tutela de unos derechos que, hoy por hoy y aunque se
hayan dado los pasos en la dirección correcta, no están al alcance de todos.
Y es que hoy, más que nunca, es preciso recordar al gran sociólogo y teórico de la idea de la
aldea global, MacLuhan, y traer a colación su frase más conocida: “el medio es el mensaje”.
De acuerdo con sus teorías, compartimos la descriptiva idea de que los medios de comunicación
pueden considerarse como auténticas extensiones de nuestro sistema nervioso central, lo que
adquiere un significado singular en un mundo globalizado. Por el contrario, no podemos mantener,
como tampoco lo haría el sociólogo canadiense, la inclusión del teléfono como un medio frío, dentro
de su clasificación de medios calientes y fríos en función de la mayor o menor definición de datos
que es capaz de recibir y transmitir un medio determinado y de su naturaleza más o menos
participativa, en base a que la información que es capaz de percibir el oído humano es muy
limitada.
Y es que el amplio desarrollo de los teléfonos móviles de tercera y de cuarta generación, las
posibilidades que ofrecen de interrelación con otras tecnologías de la información y la
comunicación para desplegar una operatividad sin precedentes, los convierten en un medio que actúa
como una extensión de nuestros sentidos, ejecutando las decisiones que les dicta nuestro cerebro en
el denominado ciberespacio.
Detengámonos unos minutos para recordar dónde estamos en la evolución de esta última
tecnología mencionada, aunque sea una cuestión tal vez para muchos de ustedes, conocida.
Hace poco, Vicent Partal, recordaba el primer teléfono móvil que vio a finales de los años
ochenta (desde la perspectiva de las TIC hace una eternidad). Fue en una cumbre entre americanos y
los, entonces, soviéticos. Era una enorme caja negra, con una antena y un extraño auricular con su
teclado y hacía falta otra persona para transportarlo colgado de su espalda que, en bandolera,
seguía los pasos, como su propia sombra, del entonces del Secretario General del Partido Comunista,
Mijaíl Gorbachov. ¡Cuánto ha cambiado esta tecnología en su formato y aplicaciones!.
En lo que concierne al sistema de Internet, recordemos que tuvo su origen, como ha ocurrido
con tantas otras tecnologías y en la investigación científica, en un proyecto del Departamento de
Defensa de los Estados Unidos de América, pero cuyo desarrollo fue impulsado por la interacción
entre la investigación universitaria, los propios programadores del citado Departamento y la “
contracultura radical libertaria” y, sólo bastante después, se incorporó la cultura empresarial
facilitando la conexión entre Sociedad e Internet.
En la evolución de Internet tuvo una incidencia importante, tal y como conocen, que, a
primeros de la década de los noventa, el científico británico Tim Berners-Lee hiciera público el
código de la Word Wide Web, propiciando la aparición de los primeros navegadores y sentando las
bases para la creación de un ciberespacio al que pudiera acceder y comunicarse toda la ciudadanía
que lo deseara. En parte, el objetivo ha sido conseguido y en la actualidad, según consulta que
hemos realizado esta mañana en la página web www.exitoexportador.com, 1.093 millones de internautas
acceden a la red (estas estadísticas se refieren a Enero de 2007).
Como sabe este auditorio tal vez mejor que nadie, la evolución continua de Internet hará que
deje de ser virtual y permitirá, de hecho ya lo está haciendo en algunos aspectos, interaccionar
cada vez más con la vida real. En la actualidad, a través de la red circula la información, las
transacciones económicas, los intercambios de conocimiento, la investigación científica, los
informes sanitarios, técnicos, los visados colegiales, vídeos y diferentes productos audiovisuales,
pero también actuaciones delictivas: pornografía infantil, terrorismo, expresiones raciales y
xenófobas, estafas de distinta índole, etc.
En un futuro, que ya es presente, veremos la capacidad que ofrece la televisión digital y la
evolución de los servicios de telecomunicaciones de banda ancha, la de los ordenadores personales y
los portátiles, así como la cada vez mayor capacidad de convergencia técnica de la electrónica, el
software y las infraestructuras de las telecomunicaciones.
El uso de todas estas tecnologías abre unas extraordinarias oportunidades para la
construcción de un mundo más libre, en la medida en que puede estar más informado, más justo si
permite distribuir universalmente los beneficios de la aplicación de las TIC obviando las
fronteras, más eficaz si el sector público y privado saben incorporar a sus procesos de producción
y venta estas tecnologías.
Pero ese optimismo no debe hacer olvidar los grandes retos y riesgos que, desde sus inicios –a
algunos de estos me referiré a continuación-, plantea la construcción de una sociedad de la
información y del conocimiento, en la que, pese a la existencia de un “gobierno” -denominado ICANN-
y prescindiendo, por ahora, del debate de si sería precisa su sustitución por una organización
intergubernamental o dependiente de la propia Naciones Unidas, lo cierto es que en la actualidad
Internet sigue siendo una creación de todos en la que la ciudadanía mantiene el protagonismo frente
a instituciones y poderes públicos. En gran medida, es la causa de su éxito. Por ello, es preciso
tutelar, en algunos aspectos, la red pero no para proteger a los gobiernos, sino a los derechos
universales de la ciudadanía.
FIN
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